La proximidad a la desembocadura del Tíber y a las salinas de la costa fue el factor determinante del nacimiento y posterior desarrollo de Ostia (del latín ostium, “desembocadura”). En un primer momento por su función estratégico-militar, y más tarde sobre todo comercial. Según la tradición literaria la ciudad fue fundada por orden del cuarto rey de Roma, Anco Marcio (ca. 640-616 a.C.), sin embargo, los primeros restos pertenecen al asentamiento fortificado (castrum) de la colonia romana del siglo IV a.C. En el siglo I a.C., a raíz del progresivo desarrollo del poblado extramuros del castrum, surgió la necesidad de construir una nueva y más amplia muralla. La ciudad se articulaba en torno a los ejes del Cardo y del Decumano, en cuyo cruce surgió el Foro. Con la construcción, y posterior ampliación, del puerto marítimo en Portus, entre el periodo de Claudio (42 d.C.) y Trajano (ca. 110 d.C.), Ostia potenció su función como escala comercial de Roma. El consiguiente desarrollo económico y demográfico dio un enorme impulso a la construcción de edificios y monumentos, renovándose por completo el aspecto de la ciudad según unos planes generales urbanísticos específicos, entre finales del siglo I y comienzos del III d.C. Debido en parte a la crisis general del Imperio, a mediados del siglo III d.C. comenzó el declive de Ostia, lo que provocó el lento y paulatino abandono de amplias áreas de la ciudad, incluso las céntricas, si bien algunas domus ricas fueron construidas sobre antiguos poblados; sin embargo, las zonas costeras, que se desarrollaron en torno a la Via Severiana, tuvieron una vida más larga. Alrededor de mediados del siglo VI Ostia debió de hallarse en una situación de completo abandono; la población se estableció en el interior, en las zonas inmediatamente próximas al antiguo enclave, cerca de la iglesia de Santa Aurea, donde en el siglo IX surgió el asentamiento fortificado de Gregoriopolis.